Publicado el: Mar, oct 16th, 2012

Ahora será más fácil olvidar

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Científicos de la Universidad de Cambridge trabajan en la creación de una píldora diseñada especialmente para borrar los recuerdos.

Según el resultado arrojado por los experimentos la sustancia bloquea los receptores NMDA del cerebro (asociados al aprendizaje y la memoria).

La droga “anti-trauma”, se desarrolla en la Universidad de Montereal, una investigación a cargo de Marie-France Marin, quien estudia la neurociencia que estudia los efectos de la sustancia conocida como “metirapona” [metyrapone] en los recuerdos traumáticos de las personas.

Para el estudio, reunió un grupo de 30 individuos a quienes les contó una historia llena de circunstancias negativas y traumáticas, mismos que después tuvieron que repetir el cuento. El grupo se dividió entonces en tres partes: a los primeros once se les dio una dosis de metirapona, a los siguientes una dosis doble y a los últimos no se les dio nada. Cuatro días después se les pidió a todos que recontaran la historia antes escuchada.

Los resultados no dejan de ser sorpresivos: a decir de Marin, los hombres que recibieron la doble dosis de metirapona recordaron con facilidad la historia a excepción de los detalles negativos (como cuando de un disco duro estropeado se pueden recuperar los archivos pero en fragmentos). Además, aun con los efectos de la metirapona agotados, persistía en aquellos once el olvido de esos eventos asociados con emociones pesarosas.

Estas posibilidades tecnológicas han despertado un encendido debate neuroético sobre los alcances y usos de las drogas que modifican los recuerdos provocando el olvido. Quienes se manifiestan en contra se apoyan sobre todo en el argumento de que la memoria está estrechamente ligada a la identidad personal: sin sus recuerdos una persona deja de ser la que es. Un soldado, ponen como ejemplo, puede sentirse más inclinado a matar si sabe que ingiriendo una píldora olvidará su acción, borrando con una sola toma todas las posibles consecuencias que tiene matar a otra persona.

Sin embargo, quienes apoyan el desarrollo de estas drogas, en especial si se dirigen al tratamiento del trauma (como Adam Kolber, profesor en la Escuela de Leyes de Brooklyn), consideran un aspecto más justo (y quizá más humano) del problema: si una pastilla puede ayudar a las personas que padecieron una situación insufrible en su pasado a que recuperen su vida tal y como era antes de dicho quiebre, ¿por qué no fomentar su realización? La víctima de una violación sin duda se pronunciaría a favor de estas drogas.

Con todo, esta última posibilidad deja ver cierta arrogancia científica ante el destino personal de las víctimas. No son pocos los casos de personas que luego de sufrir una tragedia de ese tipo abrazan la causa de sus semejantes y pugnan porque nada de eso vuelva a suceder. Organizaciones que luchan contra la violencia sexual, que buscan el castigo lo mismo del dictador que del soldado último que ejecutaba la tortura o que hacen lo posible por prevenir tragedias naturales, viales, etc., muchas veces las dirigen personas directamente involucradas en circunstancias afines: sobrevivientes de una violación o del ataque de un pederasta, de un régimen totalitario, de un choque automovilístico. ¿Qué sería de esas organizaciones si todas esas víctimas hubieran decidido, simplemente, borrar sus malos recuerdos (consumando así una especie de suicidio parcial)?

 

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