Publicado el: Mar, nov 6th, 2012

La tranquilidad no es una franja amarilla

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Primeramente me dirijo a ustedes de una manera muy rápida, sé que es  la costumbre del venezolano, todo a las carreras y eso de alguna forma resulta inspirador, sí, inspirador, porque justamente en una de esas apresuradas actitudes se me ocurrió el tema que hoy les vengo a exponer. Así que gracias a nuestras aceleradas vidas la musa llegó a mí: el día a día en el Metro de Caracas y Ferrocarril de los Valles del Tuy.

 Algo me aqueja desde aquella época que me tocó abandonar el liceo, tuve que ampliar mis horizontes y conocer lo difícil que se puede tornar un simple traslado a otra ciudad. Empecemos por el principio: ¡La alarma! Comenzó el día. ¿El tuyo también?

Por allá en el siglo XVIII, para resumirles el cuento, mineros europeos descubrieron la facilidad para enviar sus productos por carriles, que servían para agilizar el trabajo y las cargas de grandes volúmenes. Así comenzó la historia de lo que hoy llamamos: ferrocarril. Es decir todo amontonado, porque mientras más materiales metían más provechoso era el trabajo (cualquier coincidencia con la realidad o mejor dicho con la actualidad  es pura coincidencia).

Por otra parte, el Metro de Caracas, denominado también Ferrocarril Metropolitano, es calificado como el transporte público vial más importante, rápido, económico, extenso y confiable que sirve a la ciudad de Caracas. ¡Ojo! Esto no lo digo yo, sino la “veracidad indiscutible” de la fuente Wikipedia.
Créanme que si por esos golpes de suerte que te da la vida, me contratan para redactar en esa página y más aun de este tema, la cosa iría por este son: “Diariamente se registran 20 asaltos en la estación Plaza Venezuela” así lo informan los medios. Mientras que unas personas piden y piden creyendo que el metro es una Iglesia o se manifiesta la plegaria de algún religioso ofreciendo un pasaje al Cielo, otros tocan y cantan imaginando como escenario el Teresa Carreño. Perros  se suman como usuarios al servicio, hacen compañía y hasta juegan con los pasajeros (no les sorprenda que en algún momento en lugar de haber un arrollamiento haya un “perrollamiento”). Esta fuente si viene de mi autoría, de la experiencia del día a día.

Ahora sí comienza el combate: al abrir las puertas se ejecuta involuntariamente una danza de empujones entre distintas coreografías, están los que se quieren bajar, los que intentan subir y aquellos a los que no les corresponde salir, pero bueno, terminan afuera, bienvenidos a la estación. No obstante a eso, muchas personas optan por creer que ambientan el vagón con una mini cascada, porque los aires acondicionados no sirven, pero al menos gotean refrescando un poco el ambiente y por último, pero no menos importante: por 1 bolívar se disfruta de un concierto que supone la gente es una Orquesta Sinfónica, pura música instrumental entre una multitud.

Espectáculo aparte es presenciar cómo treinta hombres de complexión gruesa, aproximadamente de 100 kilogramos, pelean por un asiento. Todo sea por viajar “cómodo” mientras que las mujeres disfrutan el viaje a pié, a no ser que se sumen en la lucha por viajar sentadas, demostrando que la civilidad carece a las 6 AM en el Ferrocarril de los Valles del Tuy.

Independientemente de las fallas técnicas de este servicio, existe en esta época mucha inconciencia en la sociedad venezolana, pérdida de valores y falta de ética. Hablo especialmente de esta época, porque tengo familiares y amigos que me sirven como antecedentes para demostrar que la culpa no es directamente del sistema operativo de esta Empresa.

Años atrás, el Metro más que un medio de transporte era un orgullo para los venezolanos, era un ícono para la Venezuela moderna de ese entonces. Al entrar a sus instalaciones primaba el respeto, el cuidado y la admiración por eso que gozaban los venezolanos. Aunque los tiempos han cambiado, la unidad siempre ha hecho la fuerza, si colaboran los usuarios y el Metro de Caracas aporta los recursos necesarios ¿No creen que la imagen del metro mejoraría y a su vez la imagen del país? Nos vemos reflejados ahí, porque es la realidad del comportamiento de los venezolanos.

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