Publicado el: Lun, nov 26th, 2012

Regalo para después de navidad

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A veces era enero, a veces febrero, cuando recibía mi regalo de navidad. Siempre llegaban tardíos, con excusas y disculpas humildes contenidas en una carta por parte del Niño Jesús; explicándome que no era que se había olvidado de mí. Solo que siempre habían niños que necesitaban más los obsequios que yo, aunque siempre veía a los niños de familias más pudientes que la mía, divirtiéndose con sus nuevos juguetes.

Mis navidades nunca fueron normales, cada año, durante los días siguientes a la navidad, me despertaba buscando al pie de mi cama esos presentes que me había ganado con excelentes calificaciones y buen comportamiento.
Nunca quise un regalo a tiempo.

Me encantaba ilusionarme, me encantaba esperar con ansias ese día que al fin pudiera despedazar el envoltorio para después disfrutar de mi merecida recompensa anual, qué tanto había deseado.

Así pasaron los años y cada vez el tiempo de espera era menor. Mi familia fue creciendo económicamente y con ello, nuestros regalos también fueron aumentando; eran modernos, estruendosos y llamativos. Llegaba a punto para la fecha exacta, pero yo solo quería desesperarme por despertar cada día, después del veinticinco de diciembre, en la búsqueda estrepitosa y eufórica de mis regalos al final de mi cama.

Todo había cambiado.

He descubierto que la emoción de un niño es el hecho de encontrar algo nuevo escondido, ese sentimiento de intriga que puedes encontrar dentro de una caja. He vuelto –después de tantos años – a sentir esa gran exaltación; es inigualable esta sensación, es profunda, alegre, llena de vida y felicidad.

Solo ella lo ha logrado.

Hoy es veintisiete de diciembre y hace ya dos años que volví a emocionarme con un regalo posfechado.  Otra vez me tocó esperar unos días mi regalo de Navidad. Hace dos años, conocí a la mujer que me ha hecho revivir cada uno de los sentimientos hermosos e inigualables que me daban esos pequeños detalles de mi infancia. La amo con locura, como amé cada momento al abrir mis interrogantes y desconocidos regalos. Sonrío como aquella vez que, a pesar que la caja era pequeña, contenía el más grande y mágico mundo de sueños que un lomo con hojas puede contener.

Hace dos lustros que vivo, todos los días –sin importar la fecha – con la espera feliz de encontrarme, una vez más,  el regalo al pie de mi cama.

Por: C. E. Lamas

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