Publicado el: Mie, nov 21st, 2012

Un descubrimiento espléndido

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Cierto día me llamó la atención un joven que caminaba cabizbajo. Yo me encontraba sentado en un banco ubicado en un parque de la ciudad y me dispuse a observarlo. El joven vestía con harapos y noté sus brazos grasientos. Se detuvo en una fuente rodeada de adornos florales y arrancó una flor: una turquesa muy hermosa, que resaltaba sobre las demás. Pensé: “¿Cómo es capaz de arrancar una flor tan preciosa? ¿Por qué tomó ésa y no otra?”

Me levanté del asiento y lo seguí. Entró en un edificio que se hallaba en deplorable estado. Yo iba a una distancia considerable tras él, pero estaba fuera de su campo de visión. Se adentró en una habitación y esperé afuera, detrás de una gran columna, por temor a que me descubriera. A los pocos minutos salió. Me aproximé a la puerta y vi que ésta tenía un cartel centrado en la parte superior que decía: "1 Co. 3:14". No tenía idea qué significaba. Tomé el picaporte y lo giré.

Lo que miraron mis ojos, no lo podían creer. Por lo menos treinta niños de varias edades no mayores de diez años, según mi percepción, estaban durmiendo sobre colchones cubiertos con sábanas impecables. La habitación no parecía compatible con el resto de la infraestructura del edificio. Aquel salón era de una pulcritud sorprendente. Pero lo que más me maravilló fue la cantidad de flores de distintos colores que rodeaban los bordes de las camas de cada criatura. Me decidí marchar antes de que algún pequeño se despertara. Una música tierna que impregnaba la habitación me acompañó hasta la salida.

Al siguiente día fui a la banca cerca de la fuente y volví a ver a ese joven. Llevaba un grueso libro bajo su brazo. Sin haberlo previsto se me acercó, abrió el libro, lo dejó a mi lado y se alejó. Extrañado, tomé el libro entre mis manos y leí un verso que estaba resaltado. 1 Corintios 3:14: “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa.” Como un rayo del cielo mi mente comprendió inmediatamente. Viré la cabeza y vi al joven a lo lejos. Nuestras miradas se encontraron y advertí una sonrisa que comenzaba a formarse en sus labios. De forma automática, yo también sonreí.

Descubrí que el libro que me había dado era la Biblia. El joven había escrito un mensaje en la contraportada: “Yo no construí la obra, sólo sobreedifiqué.” Repentinamente, sentí unos impulsos impresionantes de ayudar a la humanidad. Mi cuerpo se estremecía de felicidad al poder contemplar que aún quedaba gente interesada en aportar su granito de arena para colaborar con el necesitado. Me dirigí a una juguetería, compré varios obsequios y el resto no es necesario contarlo.

Por: Erich Stern

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